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vientolvido

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De tu recuerdo quedaron al fin gotas aisladas, toneladas de humo y vino barato ayudaron bastante, además de un riguroso ritmo de trabajo duro para que mi cuerpo se canse sin tenerte presete hasta en mis sueños, así durante semanas, y aunque aun quedaba algo de ti (tu ausencia lo llenaba todo al principio) ya al menos no dolía.
Pero volviste a aparecer de la forma más inesperada, sutil y violenta. Una mañana, sin previo aviso, una muy tenue brizna de tu olor se escapó a todos los lavados del edredón que había sido nuestra bóveda celeste, bastaron esos dos átomos en mi nariz para revivirte, para inutilizar tantas semanas de esfuerzo.
Mi último acto poético para desaparecerte fue dejar que el viento te lleve lejos, y no me diga nunca donde.

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A-noche

Habia una música extraña en el caos, una sinfonía de metales sordos que se arrastraban pesados entre el sonido, no era una noche cualquiera, la lluvia no mojaba y el frio descongelaba las armonías, yo estaba cansado del reflejo de mi en los demás, olvidé el sol y dejé caer las estrellas sin órbita aparente, fué justo en el momento en el que el destino dejó de importarme, y las razones dejaron de razonar conmigo.

Empecé a existir sin nacimiento,
sin principio,
nuevo.

El mañana se descontextualizó frente a mis ojos y dejé de caminar,
así me convertí en viento nocturno.

marrón glacé

En el tren de vuelta a casa se sentaron enfrente mío una parejea de viejecitos, uno frente al otro miraban por la ventana, no hablaban entre ellos pero sí se intercambiaban caramelos, era un dialecto de azúcar, y tanta maestría destilaban que hasta sus miradas eran de glucosa y las montañas tras las ventanas de marrón glacé.

pedestales vacíos

La ciudad amaneció con los pedestales vacíos. Aprovechando la luna nueva cada estatua salió en busca de su creador, huestes de mármol y metal pisaban las calles, huellas sin ecos, ecos sin sonidos, sólo los edificios fueron testigos, y un gato anaranjado que pasaba por allí.

Salió el sol, y la ciudad amaneció sin ningún escultor.

bitácora de mi

Siento debilidad por la belleza, y por lo macabro también.

Adoro el sexo pulcro, ese que arrastra el cuerpo como una marea de invierno, y ese sexo en el que no está permitido pensar, ni contemplar límites.

Me encanta arrastrarme por las corrientes, nadar entre nubes, escalar cascadas, reír bajo las tormentas, contar estrellas hasta el cansancio, verlo todo boca abajo. Me crezco en cada solsticio, me acurruco en cada ventana, acuchillo el tiempo a veces, otras lo escupo, otras lo tomo con cuidado y lo deposito entre almohadas de plumas blancas.

Creo en mi, a veces, otras no, otras me pongo en duda, otras hago malabares con jarrones de porcelana mientras atravieso un espacio oscuro sobre una cuerda floja.

Se me da muy bien perder, mejor ganar.

Pienso cada día en que no tengo que pensar tanto.

Me duele la soledad de las piedras, por eso no nos hablamos mucho.

Cuando miro un techo, veo un mundo, cuando miro un cielo, veo varios universos.

En cada fractura se me abre una puerta,

en cada tejado suelen brotarme alas.

Una antena a lo lejos es una esperanza cercana.

Cada uno es el centro de una galaxia, y cada ojo,

un nuevo sol.

El domador

Un hombre hilaba un hilo, de una delgadez inexistente, nunca visto, hilo a hilo formó un filamento, días tras día, año tras año se convirtieron en cientos de miles de filamentos de hilos, finos, inertes…

Durante años El Domador que todo lo había domado (dicen que incluso bestias no conocidas) había abandonado toda tarea, se decía que nada le quedaba ya por lograr, y que por eso callaba, parecía haber enloquecido, sólo hilaba hilos, los más finos conocidos por el hombre, tan delgados que sólo un gran domador podría domesticar, invisibles nadas que procreaban y parían otros filamentos ya no invisibles, sino casi visibles.

Hilaba hilos, construía filamentos, tejía su presente día a día, año tras año, y siempre miraba el cielo y sonreía, como si algo lo esperara, nadie comprendía, dejaban al viejo loco encargarse de la tarea que tan feliz parecía hacerle, hilar, hilar, hilar, sonreir y mirar el cielo.

Las hazañas del domador habían dado la vuelta al mundo, de todos los rincones acudían a visitarlo, jóvenes aprendices y experimentados cazadores querían aprender, pero el no hablaba, sólo miraba el cielo y sonreía como cuando un río habitualmente seco desborda de rico oro, hablaban por él sus hijos, sus amigos, narraban las proezas de las bestias y seres domados en su vida: que si los tigres rojizos que habitan en las copas de los árboles, que si los mastodónticos elefantes trepadores, que si las aves gigantes marinas, o cuando estuvo a punto de morir charlando con una hiena asesina del desierto durante ocho días seguidos y al final consiguió domarla tan sólo con su palabra.

Hilaba hilos, construía filamentos, miraba al cielo y sonreía.

Un día el domador desapareció. Una nube se lo llevó, se lo vio luchar arrastrado por la única red que podía atrapar una nube, hecha de millones y millones de hilos tan finos como lo invisible, tan etéreos como el aire, se sabe con certeza que sonreía.

Nunca se supo si el domador consiguió amaestrar las nubes pero cada vez que una tormenta amaina se le ve a lo lejos, como una visión, quien sabe si arrastrado o arrastrando las nubes lejos, controlando lo incontrolable, sonriendo…

De ardores y ardidos

Hay mujeres fósforo, arden al principio con mucha energía, demasiada para tan diminuto tamaño, después se consumen rápido, duran poco, de relativo calor, primero se queman la cabeza, después el cuerpo, y no dejan apenas rastro, sólo un palito carbonizado, quebradizo y fácilmente destructible, no son reciclables, y de utilidad limitada, aunque imprescindibles para mayores fuegos.

Hay mujeres llama: estas arden poco al principio, pero van adquiriendo forma en su fuego, si se sabe bien como alimentarlas poco a poco de llamita pasan a hoguera, duran hasta noches enteras, son amables, porque cobijan con su calor, se mantienen mientras nosotros mantengamos combustible en el fuego (mientras haya combustible), por eso son relativamente controlables y amistosas (aunque a veces sus chispas sorprendan con pequeñas rebeldías y traiciones, cuidado, pues una chispa puede ser comienzo de un desastre). Son reciclables, al extinguirse son montañas de cenizas, excelente material para abonar plantas, protegerse de los mosquitos, y para ciertos ungüentos mágicos.

Hay mujeres incendio, impredecibles, incontrolables, consumen todo a su paso, nunca nada las detiene, aniquilan la vida y hasta el oxígeno, tan sólo tienen una función: alimentarse de la destrucción para crecer y crecer. A veces parece que se extinguen, pero basta una ligera e inesperada brisa para renovar su poder, incluso una vez apagadas deben mantenerse vigiladas. Si no es por una actuación contundente para detenerlas, ellas arrasarían el mundo entero, este y cualquiera que pueda arder. Se necesitan lustros de regeneración para volver a ver un solo brote de vida en los suelos que arrasaran. Son extrañamente bellas.

Hay mujeres supernova, es tanto el calor que desprenden, y su resplandor tan fuerte, que ni uno puede acercarse a años luz ni pueden ser vistas en su eclosión, o serías aniquilado en una fracción de segundo. Su cualidad es la de germinar nuevos soles y estrellas. Pocos las vieron, y los que lo hicieron, no sobrevivieron.

Esta noche alumbran velas encendidas,
hogueras abrigándome,
candelas señalando nuevos brotes en suelos de cenizas,
un techo de nuevas estrellas,
y mañana saldrá un sol.
nuevo
ardiente
no espero sobrevivir.